martes, 11 de noviembre de 2014

Kawczinski, Crapou, Le Systéme Crapoutchik!










































Le sans amour


¿Para que andarnos con rodeos?, uno es lo que es, de andamiaje mucho menos firme de lo que desearía y con un núcleo con cierta tendencia a lo iletrado. Quién les escribe suele comenzar casi todo con un single. Así de simple soy. No lo digo como signo distintivo aunque tampoco como tara sino simplemente constatando una realidad. Son estos artefactos una especie de breve misiva a modo de greguería a partir de los cuales reflexiono, imagino e incluso a veces idealizo. Hace, no sé, ¿diez, doce, quince años?, conseguí mi primer disco de Le Systéme Crapoutchik!. Era el single con "Les sans amour / L'enfant de choeur" (Flamophone, 1970). Me tropecé con él -cómo me ha sucedido con tantas otras cosas francesas- en uno de mis paseos por las Pulgas. Ni la menor idea por aquel entonces de quienes eran, ni mucho menos la menor intención de dejarlo pasar. Lo rescaté del cajón en el que estaba abandonado junto a otros un poco por instinto y otro tanto por curiosidad. Ya saben, la portada, el sello desconocido (al menos para mi), el año, el precio… qué sé yo. El caso es que una vez escuchado descubrí dos canciones de una belleza y elegancia distinta aunque no por ello menor la una a la otra. Sucedió también que en un principio, por estar uno a lo que estaba -y por comprender aún menos a la vida y a mi mismo de lo que lo hago hoy- su escucha continuada podía incitar al rechazo. ¿Cómo, a partir de esas pintas de la portada, podía salir tamaña delicatessen, frágil y sin embargo casi perfecta?. Sí, lo reconozco. Me temo que una vez más los asquerosos prejuicios, las ideas preconcebidas, la atrevida ignorancia, campaba a sus anchas.

L'enfant de choeur
 

Dejé pasar el tiempo y como me sucede a menudo dada mi inconstancia, me olvidé del asunto. Recurrí a él en rara ocasión. Y sí, como dirían más adelante las notas de las futuras reediciones, "S.F. Sorrow" estaba ahí, esperando agazapado. Igual de lacerante, igual de ensoñador. Igual de hipnótico y adictivo. También intuí otras cosas. Cosas más nuestras, de aquí. A los Ia & Batiste de "Un gran día", al "Telaraña" de José y Manuel con Nuevos Horizontes. Dúctiles, poliédricos, con un detalle obsesivo en la melodía que a veces exasperaba dada su desmedida perfección.





























Años más tarde, en el 2011, se hizo la luz. El sello barcelonés Wah wah reeditó sus tres álbumes. Leyendo entonces las notas y tras una primera y apresurada escucha, el tono laudatorio del texto podía llegar a parecer exagerado. Falso. La cosa alcanzaba de manera luminosa una justicia reivindicativa que nos hacía navegar entre olas de agradecimiento, motivado principalmente por el descubrimiento de tres discos soberbios. Su primer Lp cronológicamente hablando (
"Aussi loin que je me souvienne", Flamophone/Vogue, 1969) ya nos ponía en guardia con su adaptación a la francesa de los Pretty Things más ensoñadores y menos insulares. Canciones como "Un jour dans ma vie" (entre el Hard rock y el himno progresivo) o "Les temps ont changé" (una pieza de psicodelia descriptiva con sustrato eminente pop, deudora de los Kinks tanto en lo estilístico como en lo literario) eran una brillante carta de presentación. Su tercero, el homónimo, aunque calificado generalmente como menor, piensa uno que es el canto de cisne perfecto. Con arreglos de Jean Claude Vannier y reminiscencias a la Costa Oeste americana no era el disco poca cosa; piezas de orfebrería, pequeñas y delicadamente labradas, con una sucesión de capas musicales y hermosísimas armonías vocales, una tras otra. Canciones de las que emanaba una elegancia tan descuidada como minuciosa, concienzudas  en la descripción de lo que quedaba del fuego idealizado que una vez fue. Tómense como ejemplo, a vuela pluma, la pseudo bossa "Pauv' Muezzin" o  la canción que lo cierra, "Le mutant", toda una declaración de principios estéticos y desencantados: "Soy el mutante del tiempo, de las rosas y de las estrellas, soy el futuro de las banales existencias". 































Pero sería -para quién esto suscribe-  su segundo, titulado clarividente y escuetamente "Flop" donde todo encajaría con milimétrica perfección. Curiosamente no es un disco oficial propiamente dicho. Tras el fracaso del primero deciden lanzar un disco doble a modo de despedida con algunas de sus primeras canciones grabadas para el sello Vogue en 1968 (un 7" y dos Eps)  junto con revisiones -variaciones tal vez sería más apropiado- de esas mismas canciones y otras nuevas. No tienen muchas expectativas, de hecho han arrojado la toalla y se hallan en proceso de descomposición. Tanto que este postrero tour de forcé no es más que el epitafio de una aventura que no pudo ser y que ya no es. En el disco se suceden una joya tras otra; El Macca de "Ram" con su facilidad melódica y sus fuegos artificiales mezclado con el fulgor pop de Billy Nichols en "la vie set belle". Ecos del Colin Blunstone más melancólico ("Monsieur sans joie", tan similar para mi al "Tramway 7B" de Bernard Chabert). Los Beach Boys diríase dirigidos por el Henry Mancini más pop en "Gamelle trouee". El piano de "She's a rainbow" en medio de una canción cualquiera de Ray Davies en "L'enchanteur"...

Monsieur Sans Joie

Gamelle trouee


L'enchanteur


La vie est belle
































 No tenían malos padrinos. Los había descubierto Jacques Dutronc (por aquel entonces guitarrista de la banda de Eddy Mitchell, actuando en un show televisivo de Albert Reisner). Coincide el encuentro con el despegue de Dutronc como estrella y desde ese momento se convierten en su banda de acompañamiento; Gérard Kawczinski (Llamado Crapou por Dutronc dado lo difícil de la pronunciación de su apellido y a partir de este apodo bautizada la banda -recuerden, Le Systeme Crapoutchik!), Jean Pierre Alarcen (ex guitarrista de Les Mods, grupo de garaje con un único y rarísimo ep publicado y de Eden Rose y Sandrose), Christian Padovan al bajo (compañero de Kawczinski en Les Challengers) y Alain Legovic al órgano (más tarde, ya convertido en cantante famoso, conocido como Alain Chamfort) quién había sido el organista de la banda de Nicolas Nils, con un ovni-ep con dos estupendas versiones en francés de los Seeds . Posteriormente, sustituyéndole, entraría Jean Pierre Sabard (arreglista de Dutronc, Aufray o el nuevo niño bonito de la música francesa, a la estela del éxito de la versión francesa de "Hair" Julien Clerc) encargándose de la batería y los teclados.

Il faut trimer dur (Pushin' too hard)



Mot de passe; Claude Puterflam. Un francotirador aventurero de los muchos que poblaban entonces la escena francesa. Este había publicado material con el nombre de Peter Flam para Vogue. Básicamente chanson freakbeatizada a la estela de ese faro que era Dutronc, su amigo y mentor. Arrebatados himnos pseudo garageros con -a ver como lo explico- indeleble márchamo chansonnier ("C'est la vie", a medias con Michael Pelay, futuro colaborador de LSK o "Il ne faut pas pleurer", firmada a medias con Dutronc). Puterflam había puesto en marcha un nuevo sello, bautizado como Flamophone, tras haber convencido a la gente de Vogue de su viabilidad y fichado inmediatamente a Le Systéme Crapoutchik! como grupo insignia, de los que se convertiría en autor de los textos. 

Il ne faut pas pleurer


C'est la vie


 Pese a todas las -evidentes- influencias Kawczinski, Alarcen y compañía lograron conseguir una pócima personal y única. Músicos residentes del palacio de Puterflam, los todavía por entonces en construcción estudios Gang, su pretensión era la de convertirse en una congregación de músicos que interactuasen en sus distintos proyectos; Bernard Ilous (cuyos dos singles ya fueron reseñados aquí y cuyo lp a medias con Decuyper también ha reeditado Wah Wah y no puedo recomendar más encarecidamente), Nino Ferrer (en cuyo soberbio "Le sud", igualmente comentado anteriormente en el blog, colaborarían), con el mismo Jacques Dutronc ...

Tras esta aventura Kawczinski no abandonaría el mundo de la música, muy al contrario. Se dedicaría a la música de librería con usos comerciales componiendo desde jingles a bandas sonoras, giraría como guitarrista a sueldo y seria ingeniero de sonido en los estudios Gang de Claude Puterflam, hoy todavía abiertos.


























P.d.Todos los datos han sido tomados prestados de las notas interiores de la reedición de "Flop" (Wah Wah, Barcelona,2011) firmadas por Jean emmanuel Deluxe y Fréderic Fauré.

lunes, 3 de noviembre de 2014

GINO PAOLI Canta éxitos de Joan Manuel Serrat (Durium - Sociedad Anónima de Ediciones Fonográficas, 1978)







































Un altra state (Aquellas pequeñas cosas)


La donna che amo (La mujer que yo quiero)


Mediterráneo


En 1974 Gino Paoli publica en Italia un disco de versiones de Joan Manuel Serrat titulado "I semafori rossi non sono Dio".  No es la primera vez que se acerca al cancionero del catalán, un par de años antes, en su disco "Amare per vivere", había incluido "Sogno di gioventú" (Barquito de papel) y "Ballata d'autunno". El título del disco refleja cabalmente, sin alharacas aunque con un punto de ingenua provocación, el espíritu ácrata, a contracorriente, del hombre con la bala en el pecho. Su portada, una mujer a la que si miramos detenidamente advertiremos que en realidad no es tal sino un maniquí, parece querer guardar cierta semejanza con esa historia de marginación y dominación, de amor fou que es "Tamaño natural" (Luis García Berlanga, 1974). Son diez canciones que reflejan perfectamente el cruce de caminos sito en cualquier punto del Mediterráneo, equidistante entre Génova y Barcelona. Un lugar donde el espíritu vitalista, cargado de hedonismo y fatalismo característico de los abandonados en su fiebre por retratar el instante, rebosa a la vez melancolía y alegría de vivir. Un mundo de nadie y también de todos. Un sitio donde en lugar de intentar poner puertas al campo se lucha -y se bebe, se ríe, se ama- gozosamente celebrando, ahora sí, las 
-presuntas- pequeñas cosas.

La Sbandata (Lucía)



Il manichino (De cartón piedra)


Era pues evidente que en algún momento estos dos titanes tendrían que coincidir. Conviene recordar a los desmemoriados que pese a ser hoy poco más que un chiste gastado Serrat lo tuvo. Durante quince años largos al menos. Ahí es nada.

 "I semáforo rossi non sonó Dio" es un disco ajustado que no corto, un disco preciso y muy, muy hermoso. De un lirismo que fluye con la naturalidad propia del que observa e intenta comprender, Un disco que huye de lo afectado del mismo modo que queda atrapado en esa telaraña en que suele convertirse la vida. Son diez canciones del Noi de poble sec elegidas por Paoli y adaptadas al italiano por él mismo y su amigo Lorenzo Raggi. Editado finalmente en nuestro país cuatro años más tarde, en 1978, curiosamente en la edición española se traducen directamente los títulos del italiano, conduciendo en un primer instante al equívoco. "La sbandata" es en realidad "Lucia", "I miei dieci anni" es "Mi niñez", "Chopin" es "Tío Alberto", a "Vagabundeando" la llama "Ma andate a…", a "Como un gorrión"  "La libertad". "Manostanto tutto" es "¿Qué va a ser de ti?" y "El Manichino" es "De cartón piedra"

I miei dieci anni (Mi niñez)


La libertad (Como un gorrión)
































Son estos tiempos oscuros. Unos -sospecho que los más jóvenes- sostienen que necesitados con urgencia de una revolución y otros -contra lo convenido, pienso que no necesariamente cínicos- apostando por una catarsis lampedusiana. Uno aspira, sin conseguirlo, a ser como aquel personaje de no recuerdo ahora que azar. Aquel que tenía en su catálogo cualquier vicio que el común de los mortales calificase como tal y que sin embargo, lograba abstraerse para  vivir con esos vicios sin por ello repercutirle de un modo especialmente nocivo. Dotado involuntariamente del don de la oportunidad. Un don que le servía para confesarse alcohólico entre los drogadictos y adicto entre los dipsómanos. Y de esa manera, trampeando y haciendo de la necesidad virtud, ver la vida que ya no existía -que acaso nunca hubiese existido- transcurrir natural, hiriente la mayoría de las veces, gozosa muy de vez en cuando.

Manostante tutto (Que va a ser de mi)


Chopin (Tío Alberto)


Ma andate a … (Vagabundeando)


 Probablemente todo ésto les suene a cinismo -no pretendo que lo sea en absoluto, pero tampoco es mi intención convencerles, tengan por seguro que mi opinión no tiene importancia alguna- pero al final de todo uno solo pediría, suceda lo que suceda, que, en cualquier caso, venga acompañada la necesaria catarsis no de sabinadas, de clasherios o rimas generacionales que a nadie nada dicen sino de discos como éste. Pequeños, humildes y equivocados. Pero también verdaderos. 






PLAYLIST Pandereta y sus Vestales











































"A mi nadie me produjo porque yo no hago productos"

"Haber comprendido la noción del abandono, mérito y demérito a la vez, dependiendo, como en todo, del uso dado"


Earl Forrest Knockdown
Ahmad Jamaal Nature boy
Big Jones Le Climb
Tiny Topsy Just a little bit
The Mystics The jumping' bean
Freddie King The Bossa nova Watusi Twist
Los Zafiros La Caminadora
Eugene Church Sixteen tons
Tony Milton Comin' home baby
King Curtis Chili
Louis Jordan Choo Choo Ch'Boogie
Jimmy McCracklin She felt so good
Memphis Slim Steppin' out
Lightning Hopkins Smokestack lightnin'
Dr. Horse Think i know
Amos Milburn Whizz a-shoo-pipa-dada
Bobby King Thanks Mr. Postman
Jack Hammer Down in the subway
The Drivers Dry Bonus Twist
Hank Marr Marsnova
Duke Ellington & Jimmy Grissom Rock City Rock
Linda Laurie Chico
Torcuato y sus cuatro Chabadá, chabadí
Bobby Darin Tell me how do you feel
Jay Epae The creep




martes, 14 de octubre de 2014

VERY IMPORTANT DISCOTECAS Makin' Music











































Sé que no descubro nada a nadie cuando digo que  la música disco ha estado estigmatizada casi desde su fundación. Digo casi porque en sus inicios fue algo subterráneo, callejero, de pilares contraculturales sin apenas pretenderlo. Una especie de mágico redil dionisiaco donde era norma unas veces revelarse ante el orden no tanto social -que también- como hedonista de las cosas y en otras olvidarse de convenciones y asirse a esa cuerda como tabla de salvación ante la desesperación vital. Nada por otra parte lejano a lo que ya había sucedido y sucedería con otros estallidos (desde los inicios del rockandroll al apoteosis del movimiento hippie o la instauración de la música negra como el nuevo canon pop, pasando por la fiebre mod, el movimiento psicodélico y unos cuantos más). La fiebre de la música disco fue una especie de compendio de todo lo que estaba en el ambiente, de lo que se disfrutaba y también de aquello que se rechazaba; por un lado la extraña mezcolanza de ritmos negros, la electrónica incipiente y con alma, el boogaloo sudoroso, la efervescencia latina, el voluptuoso funk y el baile como forma de expresión. Por el otro los malos viajes, la negación de la melodía, la profundidad como sinónimo de pesadez, la ausencia del sentido del humor, en definitiva tomarse la vida demasiado en serio. Como todo, habría sus excepciones, pero a grandes rasgos ya lo retrató Nick Cohn en la novela ("Tribal rites of the new saturday night") que dio lugar a la película que sería a la vez cúlmen y precipicio de ese movimiento, "Saturday night fever"

 Es cierto que como todas las modas estuvo sujeta a una sobre explotación que mezclaba tanto hallazgos y genialidades como medianías y sin sentidos, pero solo ella se me ocurre que haya sido categorizada por sus defectos y no por sus enormes virtudes.  Pasando de lo generacional a lo particular y desde un ámbito  personal en absoluto iluminado por la belleza he de reconocer que oponiéndola al punk como su némesis particular (por época y situación personal) el resto de escenas no revivalistas palidecen hasta difuminarse del todo; Porque ¿Qué hacer frente a cuerpos esculturales (incluso a veces no) coronados con permanentes imposibles?, ¿Cómo resistirse a los escotes vertiginosos que desataban la imaginación, a las curvas libidinosas capaces de dejar sin aliento, a las piernas del tamaño de un rascacielos sedosas y listas para perderse en ellas?. No, lo siento, no había comparación posible entre ese paraíso o abrazar la grisura de lo andrajoso y la estética feista del punk. Podía ser entendible desde el prisma del excluido, el perdedor o el demente, pero nada más. Porque parece ser que ahora resulta que todos éramos por aquel entonces escoria, lumpen desubicado, deseoso de matar y destruir. Mentira. A finales de los setenta, desaparecida la dictadura y todo lo mal planteado que quisieran el relevo que la sucedió, uno no necesitaba ninguna contestación a otra cosa que no fuese al esperpento del look de la España de la transición (eso si que era punk de verdad), a su tristeza y pequeñez. También, pongamos las cartas sobre la mesa, a una cierta reafirmación en los valores inherentes derivados del natural desarrollo hormonal. Pechos, traseros, escotes, piernas , paquetes y labios ganaban por goleada a prácticamente todo lo que te pusiesen por delante. Del mismo modo que lo voluptuoso, aún siendo solamente sugerido, ganaba la batalla sin despeinarse, me maravillaba -de hecho sigue haciéndolo- la elegancia desvergonzada, el absoluto desprecio al que dirán tan presente en ese escenario y tan ausente en la realidad. Si, admito si quieren que en la traslación nacional era algo más deseado que real. Pero ¿Qué hay más seductor que lo deseado?. Ese tránsito del gañanismo al cosmopolitismo con la ausencia absoluta del sentido del ridículo con la que los caballeros lucían trajes de chaqueta de tres piezas, corbatas babero y camisas –estampadas o no-  y su cuello planeador. Incluso aquel hirsutismo -de tan exagerado esplendoroso- resultaba inquietante en el periodo en que uno debe asentar su emergente sexualidad.

Pero más alla del andamiaje estético, consustancial a una época, estaba lo realmente importante. Exacto, las canciones. Gracias a algunos amigos (Ay, que no es uno sino sus amigos, aquella gente que le quiere y aprecia a uno) me ha dado últimamente por rescatar de los cajones correspondientes de mi estudio un par o dos de centenares de artefactos de esa época. He llegado a alguna conclusión. Difuminada, tal vez mal expresada, pero conclusión al fin y al cabo ; A) Mis conocimientos son ínfimos, cada día que pasa soy más consciente de ello. B) Los prejuicios son lo peor. Sin discusión alguna. Y yo aún tengo prejuicios, lo admito. C) Dichos prejuicios solo sirven para limitar, constreñir el conocimiento y por tanto el placer. D) En esta vida uno piensa que se puede hacer de todo menos aburrir. Y menos todavía con premeditación y alevosía.

 Así que la música disco era y sigue siendo lo más parecido al paraíso en lo musical para uno. Una puerta de entrada a  salas y más salas dedicadas al placer y a las que difícilmente uno podría acceder más allá de su rol de voyeur; El Modern soul, el Cosmic Funk, el Soul sedoso y con su punto lascivo, el evocador Northern tardío y tantos y tantos otros apartados como los entendidos tengan a bien etiquetar. 

Música perfecta que no excluía a nadie más que aquellos que estuviesen regidos por los prejuicios; Construida tanto por los nuevos talentos como una cohorte de veteranos con ansias de reinventarse. Un edificio donde la melodía, la evocación, el retrato del instante como único objetivo tomaron carta de naturaleza y que, antes de fagocitarse (como en cualquier otro movimiento o escena, aunque estoy por decir que en mucha menor medida), nos ofrecieron momentos que perdurarán para siempre. Canciones exuberantes tanto en orquestaciones como en producción, coronadas por voces de otro mundo. Unas veces mostradas con elegancia suprema, otras con rotunda furia hedonista, y en la mayoría de las ocasiones, de ahí el prodigio, combinando forma y fondo. 

 Esta lista pretende ser un diminuto y sentido homenaje hacia aquellas aventuras. Espero sea de su agrado.



martes, 7 de octubre de 2014

La hora de Lalo Schifrin










































No voy a aburrirles con datos biográficos del argentino Boris Claudio Schifrin, los pueden encontrar fácilmente en la red. Tan solo diré -para aquellos afortunados que estén todavía por la labor de descubrirle- que es uno de los músicos más fastuosamente poliédricos que conozco. Un tipo formado en las grandes orquestas (de Xavier Cugat a Dizzy Gillespie pasando por Quincy Jones), capaz tanto de tocar cualquier palo de la hoy llamada Latin music (de la bossa-nova reluciente a un latin soul avanzado, de jugar con el boogaloo o de entretenerse con el bolero o la samba) como de practicar el mod soul y mod jazz con una elegancia reveladora. Un tipo que redefinió el -a mi juicio mal empleado- concepto de lo cool haciendo que supurase de forma natural en cada una de sus notas. Espectacular en la composición de bandas sonoras que oscilan de la cinemática más estricta y cabal a las progresiones groove más atrevidas e innovadoras. Un tipo capaz de aunar la lírica del folklore con el atrevimiento y la supuesta banalidad del modern disco y ser siempre él. Sampleado (ese "Danube incident" para siempre relacionado con Portishead)  y citado en incontables ocasiones todo en su música es un festín pantagruélico poblado de beats, de sutiles melodías y de atmósferas evocadoras siempre pespunteadas con una cenefa de osadía y malicia.




























Para esta pequeña y humilde aproximación a tan esplendoroso universo he tenido la osadía de tomar un poquito de cada cosa y enlazarla en una lista que espero les sirva, sino de carta de presentación a los ya familiarizados con su obra, sí de plácida compañía. Desde extractos de algunas de sus bandas sonoras para películas consagradas ("The Cincinatti Kid", MGM, 1965, "Bullit" Warner Bros. 1968, "Sol Madrid" MGM, 1968 o "Enter the dragon" Warner Bros, 1973) a partituras para series de televisión ("The man from Thrush", de "The man from unce" , aquí el agente de la Cipol,  o "More Mission" de "Mission imposible"). Desde canciones de discos aparentemente dedicados a la bossanova ("The wave" de "Insensatez" (Verve, 1968) y que terminan por adaptarla a su peculiar estilo a experimentos con la electrónica como "Secret code" de su sorprendente "There's a whole Lalo Schifrin goin' on" (Dot, 1968) , una manera de lleva a su terreno la obra de Jean Jacques Perrey o de Gershon Kingsley, un castillo de efectos moog arriba moog abajo de robótica elocuencia.  Tampoco he querido obviar sus extravagantes aproximaciones a la música sacra ("Agnus dei") o la música de cámara en ese trip que es "The disection and recontruction of music from the past as performed by the inmates of Lalo Schifrin dementes ensemble as a tribute to the memory of the Marquis de Sade" (Verve, 1966) ni, mucho menos, olvidarme de sus estupendos discos en el el sello de Creed Taylor centrados en la música disco -por supuesto siempre a la manera Lalo Schifrin que son "Black Widow" (CTI, 1976) o "Towering toccata" (CTI, 1977). Dos discos, dicho sea de paso, que hay que escuchar para creer.

 Dejaremos par una hipotética segunda hora su material para las películas "The Fox", "The Liquidator", "Rollercoaster", "Cool hand Luke", "Dirty Harry", "Murderer's row", "Mannix"  o colaboraciones -extravagantes o no- con Leonard Nimoy, Wes Montgomery, Candido, Dennis Coffey, Cannonball Adderley o Grant Green. 



jueves, 2 de octubre de 2014

AUGUSTO ALGUERÓ Tuset Street BSO. ( Polydor lp, 1968)
















































































La calle Tuset de Barcelona es una calle pequeña situada entre la travesera de Gracia y el Paseo de la Diagonal que a finales de los años sesenta llegaría a convertirse en símbolo de la modernidad barcelonesa y cuartel general de la gauche divine. Una especie de trasunto a la catalana -y salvándose las distancias que se quieran- del Carnaby street londinense

 Antes de adquirir ese pequeño estatus un joven director de la escuela de Barcelona llamado Jordi Grau barruntó una idea extravagante; Combinar sus recuerdos del Paralelo -de El Molino principalmente- con ese incipiente oasis de modernidad que se oteaba. Para tal empresa se embarcan a lo largo de la odisea de su rodaje una serie de personalidades cuanto menos opuestas. Dos ejecutivos de Suevia films (El responsable de producción de Eduardo de La Fuente y el observador y jefe de compras Alfredo Escobar), el antaño jefe del comité de intelectuales del partido comunista, el realizador, guionista, crítico y promotor cinematográfico Ricardo Muñoz Suay, el guionista Rafael Azcona, la súper estrella Sara Montiel, su abogado Fernado Vizcaino Casas y el propio Jordi Grau.

 La idea del director es interesante. Pretende que partiendo del mito de Don Juan (retratado como un tipo elegante, irónico y culto) y desde unos presupuestos europeos se retrate la Barcelona más moderna. Ricardo Muñoz Suay y Rafael Azcona se encargan del guión y casi todos sus amigos de la Escuela de Cine de Barcelona se involucran (Jacinto Esteva, Joaquín Jordá, Carlos Durán…). Pero pronto los ejecutivos sugieren la inclusión de Sara Montiel como estrella de la película, proposición que a Grau no seduce en absoluto. Pese a sus reticencias se entrevista con la estrella y finalmente accede a las presiones. Según cuenta él mismo en sus memorias "Confidencias de un director de cine descatalogado" (Calamar ediciones, 2014) en un principio las cosas marchan más o menos bien pero pronto comienzan a existir tiranteces que llegan a un punto de no retorno. Grau será despedido y su idea inicial desechada. La película la firmará Luis Marquina.

 En el capítulo "Quién fue quién en la calle Tuset" de las citadas memorias el mismo Jordi Grau narra su odisea con el proyecto con esta conversación con el abogado de la actriz  Fernando Vizcaino Casas;

"… FVC confesó haber tratado de mantener mi presencia en la película, convencido de que había intentado favorecer a Sara mediante encuadres y puesta en escena. Le habían mostrado la proyección de todo lo rodado, como prueba condenatoria contra mi cuando, a su parecer, era todo lo contrario, pero chocaba con una oposición cercana a la histeria que le había obligado a limitarse a su posición de abogado puesto que, en realidad, le habían contratado para eso. De pronto FVC se volvió hacia mi con mirada cómplice:

-Dime la verdad ¿te la has tirado? -preguntó exactamente con esas palabras.

 A mi mente acudieron entonces montones de imágenes y miradas, aquella cama recién hecha y abierta en la habitación del hotel, y respondí sin dificultad:

- No.

La conclusion del irónico escritor y abogado FVC, curtido en más de mil batallas, fue sabia y rotunda:

-No me digas más…"

Vayamos ahora a lo que nos interesa. Dado el volumen y fuste de la empresa no se repara en nada. Se contrata a Augusto Algueró para que componga su banda sonora. Una partitura que en la opinión del que suscribe es lo único verdaderamente digno de ser recordado del proyecto. Grabada en los estudios Landsdownee de Londres sin reparar en gastos (Algueró era toda una institución musical en España, compositor, arreglista y orquestador de multitud de éxitos) el disco es todo un rara avis en la discografía de la época. Moderno, chispeante, de fastuoso sonido y ciertamente redondo. Cuenta como ingeniero de sonido con John Mackswith competente profesional que igual sirve para un roto que para un descosido (ha trabajado con los Flower Pot men, Peter Sarstedt o The Family Dogg y lo hará en el futuro con Joe Dassin, Los Rubettes o ¡Sixto Rodriguez!) y le acompañan como vocalistas principales Phil TrimMadeleine Bell.  Es una banda sonora cosida de grooves, soul y con una linea melódica recurrente que dependiendo de la escena que ilustra contará con su pertinente dosis de vehemencia y ritmo o con la evocación y elegancia requerida. 



 Ya la intro con los títulos de crédito nos hace salivar. "Tuset street (introducción)" es una salvajada de freak soul cosida de vientos, con un bajo apisonadora y coros despendolados. "Tuset solitario", que cierra el disco, es una nueva toma de la misma canción  y un poco más moderada en su resolución. Lo mismo sucede con "Bocaccio soul" (que sería el single) y "Bocaccio". La primera con la voz de Phil Trim y la segunda en una toma instrumental.  Mención aparte en el capítulo de grooves merece la soberbia "En el pub", anfetamínica pieza de baile con hammond a tutiplén y una guitarra final absolutamente sorprendente.

En el pub


La otra parte de la banda sonora seria lo que podríamos llamar música incidental; la misma melodía tratada de diversas formas, ora con un mellotron, ora con un Friscornio para iluminar escenas ("Tema de Jordi y Violeta", "Jordi Borracho", "Apartamento de Jordi", "Intimidad"…). Junto a ellas evocadoras Bossas y dos tomas (una en inglés y otra en castellano) del pertinente tema de amor "Solo pienso en ti" / "This lonely heart" a cargo de Phil Trim y que no desentonarían en absoluto, que digo, refulgirían deslumbrantes, en cualquier partitura de Jerry Goldsmith o John Barry.

 Poco más que añadir. Escuchen y juzguen.